Preservando la memoria de las almas justas
Rabbi Yehonatan Eybeshitz

Rabbi Yehonatan Eybeshitz

✦ Hilulá: 21 Elul
🕯️ Fallecido: 1764
🏡 Lugar de nacimiento: Cracow, Poland,, 1690
📍 Falleció en: Poland,
🪦 Sepultura:
ES HE FR EN

Talmudista, Halachísta y Kabalísta.

Rabbi Yehonatan Eybeshitz
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Rabbi Yehonatan Eybeshitz
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Rabbi Yehonatan Eybeshitz (Jonathan Eybeschütz) era descendiente de la familia de Rabbi Neta Shapirah, autor de Megale Amukot. Fue un expecional talmudista, halachista, kabalista y tuvo posiciones de importancia como Dayan de Praga y más tarde se convirtió en rabino de las “Tres Comunidades”, Altona, Hamburgo y Wandsbek.

Tenía contacto con los líderes cristianos de la época con quienes debatía temas religiosos y filosóficos. A pesar de haber excomulgado a los seguidores del falso mesías, Shabtai Zvi, y haber condenado severamente a los Sabateos, en varias ocasiones fue acusado de ser un seguidor del movimiento. El rumor de que era sabateo se extendió a muchas importantes comunidades judías y los ataques por parte de sus enemigos le persiguieron hasta el día de su muerte.

Treinta de sus libros sobre Ley Judía han sido publicados. Algunas de sus obras sobre homilética, métodos de enseñanza y Kábbalah aún se imprimen hoy en día

Es interesante dar a notar que solamente una de sus obras fue impresa durante su vida y todas las demás fueron obras póstumas, testimonio de su influencia sobre sus contemporáneos a través de sus enseñanzas orales y su personalidad.

Rabbi Yehonatan cuando niño

La genialidad de Rabbi Yehonatan fue evidente desde su infancia. Además de su inmensa sabiduría sobre Torá, adquirida desde muy pequeño, también era muy inteligente y tenía una mente ágil. Un día iba caminando a su cheder temprano por la mañana cuando de repente un adolescente no judío le vio pasar y, considerándole una excelente víctima, brincó sobre él y comenzó a golpearle. El pequeño Yehonatan comenzó a llorar en un principio, pero luego se detuvo a pensar: “Este es Esav, un maldito ladrón, voy a usar mi inteligencia para ganarle”. “Detente, detente”, gritó Yehonatan, “y te daré todo el dinero que traigo conmigo”. Cuando el acosador escuchó esto permitió que el niño se levantara. Yehonatan metió las manos a sus bolsillos y sacó unas dos monedas y se las dio al truhan. “Toma”, le dijo, “hoy es día festivo judío y el día de hoy cualquier judío al que golpees deberá de darte todo lo que traiga en sus bolsillos”. El ladrón miró con sorpresa y dijo, “pero, ¿por qué tienen esas costumbres tan estúpidas ustedes los judíos?” Tomó el dinero y se retiró pensando, “Qué pena que decidí golpear a un niño que solo traía un par de monedas. Mejor voy a buscar un hombre rico a quién golpear. Nunca se me va a volver a presentar una oportunidad así en mi vida” De repente gritó “¡Ahí va mi víctima ideal! ¡Seguro que él sí trae mucho dinero!” El líder de la comunidad judía de Finsthov, el hombre más rico del pueblo, iba pasando y fue a él a quién el ladronzuelo vio. Sin pensarlo dos veces, se lanzó sobre él y le propinó una tremenda golpiza. Un grupo de personas les rodearon y de entre la multitud un policía cogió al ladrón dándole un fuerte golpe en la cabeza para llevarle a la cárcel. El muchacho no sabía ni lo que le había sucedido. ¿Por qué estaba en la cárcel? ¿Qué había hecho? El solo quería ayudar a los judíos a celebrar su festividad. “Bien,” dijo el policía, “¿se puede saber por qué golpease al líder la comunidad judía?” A lo que el joven ladrón respondió, “No fue mi culpa, solo lo hice por ser la festividad donde golpeas a un judío y a cambio recibes dinero”. El policía le miró sorprendido y le pregunto, “¿quién te ha dicho semejante cosa?”…

En otra ocasión

La sabiduría de Yehonatan salvó a los judíos de Finisthov de sus enemigos. Sucedió que había en el pueblo un judío que era dueño de una tienda de especias, cuyo vecino, un carnicero, era un conocido antisemita. Entre ambas tiendas había una delgadísima pared hecha de cartones baratos. Un día, después de muy buenas ventas, el judío se sentó a contar las ganancias del día. Mientras hacía esto, sentado a la mesa contando montones de monedas de bronce y plata, no sabía que estaba siendo observado. Por entre las cuarteaduras de la pared se encontraba el carnicero espiándole, contando cada moneda y poniendo especial atención a dónde guardaba el judío el dinero. A la mañana siguiente, fue a la policía a decirles que una gran cantidad de dinero que tenía guardada en la tienda había sido robada. Describió las monedas y luego dijo, “Estoy seguro que mi vecino, que es judío, lo robó”. La policía fue a la tienda del judío y en efecto encontró el dinero; nada de lo que pudiera decir el judío iba a salvarle. Las señas que había dado el carnicero coincidían con el dinero del judío y solo probaban que el dinero le pertenecía. No solo tenía que encarar prisión si no una oleada de antisemitismo se agitaba en contra de los judíos del pueblo. Todos los judíos del pueblo se juntaron para discutir sobre el problema y tratar de encontrar una solución que probara la inocencia del judío acusado. El pequeño Yehonatan se sentó junto a su padre, quién era el rabino del pueblo, y escuchó atentamente la discusión. Luego pidió permiso a su padre para susurrarle algo al oído, “Padre, yo sé cómo podemos probar la inocencia del judío. Si el dinero en verdad le pertenece al carnicero seguramente tendrá que estar cubierto de grasa de animal, ya que lo recibió de los clientes a los que les vendió su carne grasienta. Que echen las monedas al agua y si flotan, el judío es el culpable, pero si se hunden es señal que no están cubiertas de grasa y le pertenecen al judío y por lo tanto es inocente”. Esto hicieron y la verdad salió a la luz. Yehonatan salvó al judío de la cárcel y a la comunidad judía de persecución.

Que la virtud de este tzadik nos bendiga a todos, Amén.

 

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